Asi nos reprime el patriarcado: el hogar
Cuidado Personal Feminismo

Así nos reprime el patriarcado: el hogar

Ocupación del padre: Taxista.

Ocupación de la madre: Ama de casa.

No recuerdo en qué momento empecé a sentir desprecio por el trabajo del hogar.

Debió haber sido a una edad muy, muy temprana, cuando ni siquiera era consciente de lo que implicaba la limpieza del lugar que habitaba. Sólo recuerdo que desdeñaba todo lo que tenía que ver con ser ama de casa. Supongo que me daba miedo. No solo por las cosas que mi madre alimentaba en mi mente sobre su propia ocupación, si no por todo lo que no se le escapaba a mi mirada infantil.

Crecí en una época en la que nos decían que las mujeres no debíamos ser sumisas, pero tampoco demasiado atrevidas, mucho menos exigentes o gritonas. Nos decían que debíamos ser profesionistas e independientes. Que teníamos que ser educadas y recatadas. Astutas y perseverantes. Inteligentes. Lo que no debíamos ser era dependientes, ni calladas, tampoco debíamos reprimirnos o sacrificarnos, menos abandonarnos.

Crecí en un hogar en el que un hombre aportaba el dinero, salía a trabajar desde la mañana y regresaba hasta la noche. Se presentaba a comer, me ayudaba con las tareas de la escuela, de vez en cuando había gritos. Crecí en un hogar en el que una mujer se ocupaba de los hijos, de la comida, de la limpieza; también a veces había gritos. Ese hogar se mantenía en pie gracias a todo lo que, de una manera muy torcida, aprendí a odiar.

Ser ama de casa era el peor destino que me podía esperar. Mi mundo jamás se limitaría a ocuparme del hogar, me prometí un día. Yo no quería cuidar a los hijos, limpiar, comprar las cosas para cocinar, cocinar; menos estar en la casa de tiempo completo, o hacer maromas para mantener contento al esposo. Me daba pavor cualquier cosa que implicara una escoba. Ocuparme de algo de eso o de todo eso era un designio divino del que debía revelarme cada día de mi vida.

En algún momento de mi vida descubrí el engaño. Además de sentir repele por ser ama de casa, había aprendido a rechazar todo lo que se pudiera relacionar con los roles que se le imponen a una por nacer mujer. Odiaba la ternura, la femineidad, ser la abastecedora, la cuidadora y rechazaba por sobre todas las cosas la necesidad de estar unida a un varón. ¿Con qué me quedaba?

Los años y la necesidad me han llevado a descubrir lo que es un hogar. Lo rica que sabe la comida que me preparo a mí misma. Lo hermoso que es vivir en una casa limpia. Lo bonito que es dar y recibir ternura. Lo cautivante de la femineidad. Lo importante de abastecer y de cuidar, a mí misma y a los que quiero. Y lo valioso de tener un compañero.

Alguien me enseñó cuánto importa cambiar la frase: “Soy esa señora que…” por “Soy esa adulta responsable que se preocupa por gestionar su hogar”. Porque hay quienes además de ejercitarnos, trabajar, descansar, divertirnos, perseguir nuestros sueños y luchar por nuestros derechos, debemos ocuparnos de asear nuestra propia casa y prepararnos nuestro propio desayuno, comida y cena. Y que, encima, cada rincón quede limpio y cada platillo quede rico.

Sí me molesta que el covid haya coartado la cohesión feminista que logramos antes de que nos obligaran a encerrarnos en el hogar, pero me molestan más que todas las voces del derredor que nos impidan descubrir por nosotras mismas lo que implica cada cliché, cada imposición, cada menosprecio, cada prohibición, lo que implica quedarnos en casa. Descubrir nuestra casa, que es dos cosas: el espacio que habitamos y el que nos habita. Nuestro hogar.

Qué fortuna poder ser y poder hacer lo que queramos sin la influencia de lo que hay alrededor. Desde nuestra casa, desde la calle o desde la fuerza de nuestra imaginación.

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Sandra Lucario

De niña quería ser actriz de teatro hasta que me di cuenta de mi pésima memoria, de adulta me conformo con aprenderme las fechas de nacimiento de mis personas especiales. Escribir me llena de paz, lo mismo que editar en Photoshop, andar en bici y cantar canciones de La casa azul.

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