mis tatuajes
Leandro Lima para Pexels.

Así nos reprime el patriarcado: mis tatuajes

Mis tatuajes han hecho imposible que la gente pose su mirada en cualquier otra parte de mí, de mi cuerpo o de mi personalidad. Son una huella demasiado poderosa. Incapaces de ser elogiados, más que estigmatizados; de ser celebrados, más que señalados.

Empecé a tatuarme como un acto de rebeldía, para demostrarle al mundo y a mí misma que yo era la única dueña de mi cuerpo. Me hice el primero pasaditos los 25 años. Algo así. Yo me sentía (y estaba) ya muy adulta, pero seguía viviendo en la casa paterna, lo que llenaba de obstáculos mi encuentro final con mi autonomía corporal.

Mi primer tatuaje me lo hizo un luchador. Sí, de los que se suben al ring de la arena México, y se enfrentan en tres caídas, sin límite de tiempo, máscara contra cabellera. Mi novio de ese entonces me llevó al estudio de ‘Veneno’ en Iztacalco (me parece que esa era su dirección, ya no recuerdo). Fue en el Oriente de la Ciudad de México en donde por fin di el primer paso hacia la anhelada emancipación. Una emancipación muy artificialona porque al final seguía viviendo bajo el techo y las reglas de mis padres.

Lo verdaderamente importante fue que, contra todo pronóstico, estaba haciendo de mi cuerpo, mi voluntad, algo que no había logrado un par de años antes, cuando debí quitarme un par de perforaciones de la lengua: “Te las quitas o te vas de la casa”.

Llegué al estudio del mentado luchador con una playera negra de tirantes, un pantalón capri a cuadros y una chamarra de mezclilla. En realidad el detalle del ‘ofni’ no es importante, es solo que he visto tantas veces las fotos de mí, mordiendo la chamarra mientras siento la aguja entintando mi piel por primera vez, que quería hacer suyo el vivido recuerdo.

Dicen que todos los tatuajes tienen un significado, y sí. El mío mostraba a una mujer sentada sobre una luna, que tenía una larga lengua, con la que podía hacerle sexo oral a la doncella. Nada grita “placer femenino” tanto como esa imagen. Mientras la escena era bellísima, el tatuaje era verdaderamente horrible: las líneas eran gruesísimas, la mujer no tenía cara, solo nariz; el pelo eran rayas zigzagueantes; la moza lasciva, una arpía; la luna, más que una mirada placentera, tenía expresión de viejo raboverde y la lengua era una línea mal hecha. Para terminarla de joder, la tinta con la que me había tatuado era verde.

No fue lo que esperaba. No podía esperar nada a cambio de un cartón de caguamas.

Me costó 5 tatuajes más descubrir que si no entregaba toda mi quincena de ese entonces sería imposible conseguir un tatuaje hermoso. Igual nunca lo hice. Pagar cantidades exhorbitantes a cambio de un tatuaje. En ese momento significaba ignorar la pulsión obsesiva que surge después del primer tatuaje o pagar la renta. Los límites nunca han sido lo mío así que tuve que encontrar el modo de tener las dos cosas.

Soy la primera en criticar mis tatuajes pero también la primera en aplaudirlos. Cualquiera podría juzgar su estética, pero detrás de ellos hay una coreografía de serenidad, resurrección, esoterismo, poderío y magia que quizá solo yo veo, pero que los ojos incisivos definitivamente jamás descubrirían, por estar tan ocupados juzgando lo que no está siquiera en su propia piel.

El gusto requiere conocimiento, pero sobre todo empatía. Y las revoluciones no son iguales para todos.

Tengo 15 tatuajes, dos cover up y uno reforzado porque la tinta se estaba poniendo verde (ajá, me tatué dos veces con ‘Veneno’, tropecé de nuevo y con la misma piedra, cantó Alicia Villarreal, allá por los 90). Cuatro representan a mujeres mitológicas: una sirena, la Medusa, la Muerte y la Mujer Saliendo del Psicoanalista. Otro es un ave fénix. También tengo un colibrí, una rosa, una cámara fotográfica, flores en la espalda y los camaleones de Escher. Frases escritas. Tengo lo que se me ha dado la gana. Y no tengo más porque ya le saco al dolor.

P.D. Los tatuajes señalan a las personas. En principio, a los hombres como delincuentes; luego, a las mujeres como “ordinarias”.  Con el paso de los años, los tatuajes dejaron de ser “cosa de hombres”. Cada vez hay más mujeres llenas de tinta. Alguna vez una amiga me lanzó el comentario: “Los tatuajes en las mujeres se ven mal“. Lo transgresor nunca va a ser bien visto. Menos en las mujeres, a quienes, al final, para seguir metiéndolas en un jarrón, se les va  categorizar dentro de los terrenos del misterio, el peligro o el exotismo.

Qué misteriosa, peligrosa y exótica resulta, pues, la apropiación del propio cuerpo.