gordofobia
Foto: Roberto Hund.

Comiendo prejuicios en un mundo atascado de gordofobia

La gordofobia lleva a las mujeres de talla grande a normalizar la violencia, a despreciar su cuerpa desde pequeñas por la burla y escarnio que recibe.

Crecí en una cuerpa normativa. No recibí miradas ni juicios de otros. Vivía en un mundo idílico en el cual mi única preocupación debía girar en torno a no aumentar mi volumen, ni permitir que mis piernas dejaran de ser atractivas para el resto. Durante años pensé que esa era mi obligación y que se lo debía a todas las mujeres gordas de mi familia: ¡Ser delgada era el deber de las nuevas generaciones!

Bajo el discurso: “Es por tu salud, no quieres tener diabetes como tu madre”, me desarrollé en un ambiente violento, encontré en mi cuerpa a la enemiga perfecta, y cultivé tanto odio hacia mi apariencia, que deposité todo mi valor en ésta. Como resultado de jamás estar satisfecha conmigo, encontré en la comida un refugio a toda esa crueldad (un tanto ejercida por mí y otro tanto por el resto). Nada era más reconfortante para mi corazón que llegar y saborear todo lo que pudiera pues, al final del día, la comida jamás me juzgaría.

Gordofobia
laborder19/Instagram

 

Intenté todos los remedios conocidos: ir al gimnasio, dejar de cenar, hacer ayuno, fumar más para tener menos hambre… Pero nada funcionó. Me vi atrapada en un círculo vicioso entre mi único amor incondicional –la comida–, y el reproche de todos por ser una gorda más. Cuando mi cuerpa cambió, también el trato de las personas hacia mí.

A la primera provocación, los insultos venían en masa: ‘Eres una pinche cerda’, ‘quítate pinche gorda’, ‘deberías cerrar la boca’, por mencionar tan solo algunos.

Con el paso del tiempo me negué a ser merecedora de placer, amor y libertad. Me avergonzaba tanto mi apariencia, que hacer el amor con mi pareja era un acto en el que me sentía vulnerable e insuficiente (a pesar de la calidez y comprensión de mi compañero). Comencé a comprar ropa que me quedaba en extremo holgada, para esconderme. No deseaba ser vista y menos con mi nueva imagen, tan indeseable para el resto.

Mis médicos tratantes tampoco eran de gran ayuda. Su gordofobia los hacía mencionar mi peso al menos cuatro veces en consulta: reducían mi situación médica a los kilos que pesaba. Bajo esa sentencia, también pensé que mi salud giraba en torno a mi peso y que era culpable de todo lo que vivía en ese momento.

¿Por qué las mujeres de talla grande debemos de vivir con el insulto del resto? ¿Por qué debemos salir con el temor de que nuestra apariencia será motivo de burla y escarnio? Porque nos han enseñado a despreciarnos desde pequeñas y a normalizar la violencia hacia los cuerpos diversos.

Conseguir mirarte al espejo y ver a una persona que sufre, mostrar compasión y empatía no es fácil. Y menos cuando lo que nos rodea es un sinfín de odios y culpabilidades por no vivir en cuerpas estandarizadas.

Gordofobia

Entrar a las tiendas departamentales nunca fue tan agobiante como lo era entonces, cuando pensaba: “no soy normal, nunca lo seré de nuevo” (si es que alguna vez lo fui). Advertir cómo fumarme una cajetilla entera de cigarrillos no les despertaba la misma preocupación que mi alimentación, generaba en mí sentimientos de mucha confusión: ¿No era acaso el tema de la salud su mayor punto para hacer cuestionamientos sin freno alguno? Sus opiniones, aunque “con todo respeto”, rebasaban el límite de la curiosidad y se trasladaban al del desprecio y la crueldad: “Qué bonita eres, lástima que estés gordita”.

Incluso, comer cualquier fast food implicaba tolerar sus miradas que juzgaban y me atravesaban sin ninguna piedad. Era como si mis derechos se anularan por la talla que habitaba.

Poco a poco perdí la capacidad de alimentarme sin culpa, sin miedo y sin remordimiento. Un día decidí charlar con mi cuerpa y sus formas. Vi en mis estrías y celulitis la normalidad; y elaboré un discurso para intentar vivir una especie de tregua con ella, mientras descubría si realmente me odiaba. Era el odio ajeno que me poseía y el cual hablaba por mí. Descubrí que comía mis propios prejuicios y dolor, mi pasado y todo aquello que no podía resolver.

Nunca nadie me había dicho lo valiosa y merecedora de amor que era y, hasta ese entonces, no me había puesto una falda y mostrado mis piernas. Una llama se encendió dentro de mí y comprendí que me incendiaba en ganas de salir al mundo nuevamente y decir: “Esta soy yo, una gorda. Una persona. Y muestro mis piernas porque se me da la gana”.

Decidí que nunca más volverían a herirme, que jamás dejaría que mi imagen volviera a ser motivo de burla. Al demonio con sus estereotipos y presiones.

No me malentiendan, la aceptación tiene un camino pesado y hostil. Incluso hay días que regreso a las viejas prácticas en las cuales voy a la cocina e intento comer todos mis prejuicios de nueva cuenta. No existe tanta comida para borrar los traumas que conviven conmigo diariamente.

Mi cuerpa me sostiene y mueve, me dirige hacia el camino que yo decida, se cansa, se levanta y le agradezco por eso.

Así que te pregunto, a ti que me lees: ¿Volverías a opinar de las cuerpas ajenas, después de saber la historia detrás de estas? ¿Realmente te preocupa la salud de las personas o solo es tu gordofobia que no te permite ver en mí a una persona?