El amor romántico…, puro cuento

Amor romántico

Foto: Designecologist para Pexels.

El amor romántico es un concepto del año del caldo. De cuando las mujeres se cortaban un pedazo de su hermosa cabellera para obsequiarla al mozuelo en cuestión, en señal de amor eterno. Por aquella época ellas estudiaban muy poco y se dice que su único objetivo era encontrar un hombre que las protegiese física y económicamente por el resto de sus días.

Si la mujer decidía no contraer nupcias, podía casarse con Dios en el convento más solemne y devoto del pueblo, pues la idea de no tener un hombre a su lado era imposible de concebir.

Si comparamos nuestra vida con la de nuestras abuelas, podemos darnos cuenta de cuántas cosas han cambiado: votamos, estudiamos, viajamos sin pedir permiso, trabajamos y muchas de nosotras gozamos de independencia económica.

Pero, curiosamente, el concepto del amor se mantiene firme.

La conquista y el arte de la seducción son el plato fuerte en el que un sinfín de mitos sazonan esta utopía colectiva: “El que verdaderamente te ama, te hará llorar”; “si te cela, es porque le importas”, “el amor todo lo puede”, “solo hay un amor verdadero en la vida”, “el amor significa entrega total”… Estos son solo unos cuantos ejemplos de la infinidad de creencias que fortalecen las interacciones destructivas que llegan a existir en una relación de pareja.

La influencia mediática, la religión católica y la sociedad refuerzan este ideal del amor como única fuente de felicidad absoluta. Basta con ver el flamante final de la mayoría de las películas románticas y las telenovelas. Somos testigos de la boda triunfal de una pareja que luchó por su amor, aunque nunca nos lleguemos a enterar de lo que sucedió en el “after” del “happy forever”. 

Y, no, amigas, no es la continuación de una fiesta con buen bailongo. En la segunda parte de la historia, la mujer asume el rol del paquete completo: se vuelve la responsable de las labores domésticas y del cuidado de los hijos. ¿Y el marido? Bien gracias, anda por ahí rascándose los huuue… ocupado, sudando la gota gorda para llevar el pan a la mesa.

Y sí, la realidad supera a la ficción: Lucerito se divorció de Manuelito, Ladi Di fue una víctima de la corona británica y el resto de las relaciones que nos pintan como “de cuento de hadas” en realidad terminan convirtiéndose en historias de terror amor romántico.

A la mujer se le enseña a ser linda y condescendiente. A amar por encima de cualquier cosa y a dar más que recibir. Se le prepara para que su llegada al altar se convierta en el día más importante de su vida.

Siguiendo esta peligrosa dinámica de sumisión, se fomentan las relaciones de dependencia, en las que la necesidad afectiva es capaz de tolerar cualquier cosa, justificando así situaciones que llegan a desembocar, incluso, en violencia de género.

Es muy importante ser conscientes de lo peligroso que puede llegar a ser hundirse en el amor romántico, un universo en el que todas podemos caer.


Mi (última) historia de amor romántico

Llevo varios años de soltería, por no decir casi una década. No era mi intención. A partir de mi última relación, la vida me hizo reflexionar respecto a si realmente amar es sufrir y querer es gozar. Cito al Príncipe de la Canción como uno de los máximos exponentes del amor romántico, para quien el amor es sadomasoquismo: significa estar preso, triste, apagado, ser posesivo, celoso, chantajista y… de hueva.

Mi historia es como la de muchas. Comencé mi última relación “formal” hace varios años, durante un verano. La química fue inmediata y el entendimiento mutuo. Los primeros meses fueron miel sobre hojuelas: estaba oficialmente enamorada. Era una de esas bobas que sueñan despiertas. Me sentía “complementada” y lista para explorar la senda de un amor temprano con olor a fresas. Nada más me importaba: había encontrado, por fin, al macho cabrío lomo plateado que estaría a mi lado.

Todo se derrumbó al cabo de dos años. La relación comenzó a infectarse de maltratos y violencia psicológica. Haciendo un análisis estadístico, la pasé mal 80% del total de la relación.

¿Por qué me mantuve en una relación así? Por amor.

La idea de perder a mi pareja parecía una pesadilla, cuando en realidad la pesadilla ya la estaba viviendo. La mayor parte del tiempo me juzgaba por ser como soy, y por no ser como “debería ser”. No sentirme aceptada por él me generaba un conflicto tremendo y me hacía sentir muy culpable. Y es que, la persona que se supone me quería, llegó a decirme cosas horribles que me dejaban en el piso. Era tal la ansiedad que generaba, que en una ocasión debí cambiar el tono de mi teléfono porque de solo escucharlo lo asociaba con una posible llamada suya. Se me aceleraba el corazón de puro miedo.

Terminamos. Yo estaba agotada de sentirme mal todo el tiempo. Tomaba terapia y siento que me ayudó, pero la mente es canija y traicionera: en el fondo quería que regresara a pedirme perdón, cual caballero andante. Y lloré y lloré y lloré hasta la deshidratación. Tuve la ventaja de que él no viviera en la misma ciudad que yo: la distancia se convirtió en mi mejor aliada.

Por mucho tiempo seguí “añorando” los momentos en que la pasamos bien; es decir, 20% del total de lo que fue. El otro 80% fueron gritos, amenazas, insultos y manipulaciones. Les juro que no soy masoquista, tampoco fan del Síndrome de Estocolmo, pero pues era una bonita manera de engañar a mi mente, porque pues “lo amaba”.

Ahora sé que el amor romántico utiliza como estrategia de control hacerte sentir mierda para acabar con tu libertad, y someterte a una relación de abusos, chantajes y celos, en la que –ajá– amar era sufrir. O al menos eso era lo que muchas llegamos a pensar.

Como dato curioso he de confesar que su mamá me adoraba. Sabía que su hijo no era una persona fácil, y le rogaba a Dios y a San Antonio por una novia que lo pudiera “enderezar” y ayudar a sentar cabeza. Probablemente pensó que yo tenía el corazón lo suficientemente grande como para cargar con semejante piedra en la espalda.

Ese acto “heroico” evidentemente no me correspondía, ¡qué fácil es pasar la estafeta!

No es papel de la mujer enderezar y reeducar a sus parejas, la responsabilidad de mejorar le corresponde a cada persona, sin importar su género. Desgraciadamente muchas madres añoran, con todo el poder de sus rezos, la llegada de una hija política que lo haga, muy probablemente porque se tragaron el mismo cuento.

Debo confesar que, a pesar de ser totalmente consciente de todo lo que ya escribí, aún me cuesta trabajo evitar que mi mente vuelva a caer presa del amor romántico. Está tan interiorizado que resulta “normal”. Por ejemplo, me he dado cuenta de que cuando empiezo a salir con alguien que me gusta, priorizo el tiempo del galán, antes que el mío, como si mi tiempo no valiera. Quien disminuye su valor soy yo.

Haber identificado esto ya es un gran avance.

Como ven, no es nada sencillo pero ahí voy: paso a paso. Desaprender lo aprendido es difícil, mas no imposible. Amar no es sufrir, amar es gozar. Es aprender a disfrutar el momento, amándonos, descubriéndonos y aceptándonos a nosotras mismas, para poder amar en libertad.

Fe Ricalde

Read Previous

Luisito Comunica y su cultura del abuso

Read Next

25 imágenes que fomentan la independencia de las mujeres