Reconocer nuestras emociones durante el ‘encierro’

Encierro

Foto: Polina para Pexels.

No me había dado cuenta de que me acostumbré muy rápido al encierro. En algún momento dije: ‘Oye, me va al puro pedo trabajar en casa’, pero luego pasaron los días, y supe que había algo raro porque ‘me sentía bien’ la mayor parte del tiempo.

Comencé a cuestionarme…

¿Tengo casa? Sí.
¿Tengo trabajo? Sí.
¿Tengo comida? Sí.
¿Tengo salud? Sí.

Al parecer tenía cubierto lo básico para estar tanto tiempo encerrada.

Aunque había algo que me seguía haciendo ruido, así lo dejé.

Todo cambió el último martes de mayo. Fernando, un gran amigo que hice hace muchos años, en uno de mis tantos trabajos y a quien, por cierto, bauticé con el apodo de ‘Huevo’, murió. Me avisaron como sólo se puede avisar en estos tiempos difíciles, por un inbox y de forma breve: “Angy. Falleció el ‘Huevo’. Se nos adelantó…”.

“¿Qué? ¡No es cierto!”, fue lo único que pude escribir mientras sentía cómo mi cuerpo se iba congelando de pies a cabeza, mis manos se paralizaban y mis ojos se convertían en dos cantaros de agua salada. El pecho se me estrujaba y la boca se me secaba…

En ese momento recordé la primera vez que me sentí así. Fue un 9 de mayo. Estaba justamente con Fer, cuando una de mis tías me avisó que mi tío Raúl había muerto de leucemia, después de haber agonizado durante tres meses.

Me fui a blancos. No sabía qué hacer con tanto dolor. Sentía demasiado. Incluso me resultaba complicado respirar. Me sentí suspendida en el tiempo… La mujer ocupada, con mil cosas qué hacer, paró. Por segunda vez en su vida no supo qué hacer. ¿Cómo lidiar con tanto dolor? Tantos recuerdos. Tantos pensamientos y sentimientos.

Fueron instantes absurdos: quería recordar y olvidar, quería llorar y dejar de hacerlo, quería gritarlo y que todos a mi alrededor supieran que me estaba doliendo el alma, pero al mismo tiempo guardar silencio como para pedir que dejaran de llegarme esos mensajes diciendo: “Angie, me enteré de lo de Fer, lo siento mucho”. ¡Qué fragilidad la mía!

Dentro de todo este caos, me di cuanta que en este encierro sí olvidé algo, probablemente lo más importante: me olvidé de mí y de mis emociones. Obviamente, eso me puso furiosa y aún más triste.

Al día siguiente de enterarme de la muerte de Fer tuve una reunión de trabajo, ¡pa’cabarla de amolar! Organizaron una dinámica sobre nuestros días de encierro y, como era de esperar, ‘troné’. No pude ser ‘fuerte’, y las lágrimas comenzaron a brotar… Después de unos segundos noté que todo era silencio. Todas las personas habían muteado sus micrófonos, incluso una de ellas había llorado.

Fue muy extraño, porque fue liberador y vergonzoso. Comencé a ofrecer disculpas y a justificar mi llanto; uno de mis compañeros abrió su micrófono para decirme: “No tienes que disculparte. Perder a una persona cercana y en estas condiciones no debería avergonzarte a ti, ni a nadie”. Qué palabras tan atinadas.

¿Por qué debo justificar mis emociones? ¿Por qué avergonzarme del dolor que me invade por haber perdido a una persona que amaba? Pero la pregunta más importante probablemente era: ¿Por qué lo vengo haciendo desde siempre?

En ese momento me di cuenta de que quiero parar. No quiero responder a un: “¿Cómo estas?” con un: “Estoy bien” cuando no sea cierto. En estos días de encierro también me percaté de que no he estado bien, pero continúo negando, invisibilizando y justificando mis emociones. Algo que definitivamente no es justo.

Decidí hacer un ejercicio: recordar momentos específicos que he vivido en estos días. Comencé a reconocer emociones como miedo, angustia, hartazgo, culpa, dolor, pero también muchas ganas de vivir. ¡Qué paradójica es la vida! ¿No creen?

No sé qué suceda cuando ‘pase’ el encierro, cuando piense en Fer y comience a ser menos doloroso. Lo que sí sé es que, del martes para acá, trabajo en nombrar lo que siento, para no olvidarme de mí de nuevo, para aceptar que a veces un “estoy bien” puede no estarlo.

Angelica Soriano López

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