Yo, gorda

Gorda

Foto: Retha Ferguson para Pexels.

Ayer, mientras trataba de sostener mi cuerpa en una postura de yoga, e intentaba poner mi pie donde nunca en mi vida había siquiera pensado ponerlo, pensaba en mí. En la forma de mi panza. De mis piernas. Pensaba en el tamaño de mis senos. Me recriminaba por no poder poner el brazo en el piso.

El viaje de “aceptación” (por llamarlo de alguna manera) ha sido muy difícil. Hay temporadas en las que me creo una diosa: la madre tierra encarnada en un metro cincuenta y tres centímetros. Me siento bien buena y me repito a mí misma que no importa la composición de mi cuerpa, es hermosa y merece respeto. Sobre todo el mío.

Durante esos días, me miro al espejo y me voy deteniendo en cada parte que no me gusta, actividad en la que, obviamente, invierto varios minutos. Y mientras pongo cara de asco, en voz alta me digo: “Eres hermosa y mereces respeto”. Al terminar me siento bien pinche empoderada y deseo con todas mis fuerzas que ese sentimiento se quede ahí. Me imagino siendo una influencer gorda, de esas que graban o escriben pura cosa bonita de aceptación. Se me ocurren un buen de cosas que puedo hacer y muchas más que tengo que decir, pero siempre me chingo la rodilla (no de forma literal, afortunadamente) y se me pasa.

Otras temporadas suelen ser más largas que la que acabo de describir. En esas me siento de la fregada. Cualquier cosa me puede llevar a los confines del odio propio: desde la mirada de algún/a extraño/a, un comentario familiar, un recuerdo propio o una caricia de mi pareja. Absolutamente todo me puede bajonear: puedo pasar días sin mirarme al espejo y termino haciendo mis actividades diarias por inercia.

Hace un tiempo escribí en mi estado de Facebook: “Solía mover mi cuerpa solo para transportar mi cabeza. Como un mero instrumento que, estando ahí, lo quería invisibilizado”, lo escribí en uno de mis momentos buenos, y creo que es de las mejores cosas escritas por mí. Me sentí bien y tranquila.

Creo que lo difícil del viaje está en entender que no siempre se va a estar bien, que no siempre me voy a amar por sobre todas las lonjas (😁), En comprender que es un camino que se va creando, y que hay cosas que salen de mi control. Por supuesto puedo “controlar” mis pensamientos y emociones, pero no puedo olvidar aquello que me oprime, aquello que me enseñaron que debo ser y la forma en como debo verme físicamente.

Siempre me creí gorda. Y a partir de eso me creí muchas cosas, como que no valía la pena, que olía mal, que no podía hacer ciertas actividades, que merecía que me trataran mal, y un sinfín de “ques”.

Siempre creí que ocupaba mucho espacio, espacio que no me correspondía y me hacía pequeña. Pero no me daba cuenta de que cada vez ocupaba un espacio menor en mí y en la sociedad. Cada vez estaba más callada y más temerosa. Eso me llevó a mantener relaciones peligrosas y violentas, en las que absolutamente todo el poder lo tenían ellos, y yo agradecía que de vez en cuando me dijeran que tenía bonita cara o me tocaran la cintura.

Sé que todo esto no solo es por el tamaño de mi cuerpa, también por ser mujer. Creo que aunque cumplamos ciertos cánones de belleza, casi todo el tiempo nos sentimos incómodas en nuestra propia cuerpa. En fin, patriarcado le llaman.

Hace un tiempo le dije a mi mamá que me arrepentía de no haberme permitido hacer muchas cosas por gorda. Es real. No solo no me permitía usar cierta ropa, no me permitía sobresalir en actividades que amaba o que me gustaban. No quería ser nunca el centro de atención. Y aunque sabía que se me permitía compensar la gordura con inteligencia, aun así no me aventaba a corregir al profe o al compañero macho de clase, sentía que lo único que se vería era mi gordura.

En una serie muy linda (‘Dietland’), una personaja que había sido quemada con ácido por su padre, le dijo a otra personaja gorda que no le importaba cómo la veían los demás, pues esas personas no tenían que vivir con su fealdad, sino con la de ellos mismos. Se me hizo muy fuerte porque es verdad (😎): una tiene que vivir con su propia fealdad o con lo que crea que es feo. No digo que tengamos que abrazarlo siempre, pues eso es muy simplista y falso, pero creo que podemos intentar comprender de dónde viene la forma en cómo nos vemos y percibimos.

Me sorprende la disociación que puedo tener en relación con mi cuerpa y la percepción que tengo de ella.

Por ejemplo, un día, también haciendo yoga, intentaba corregir una postura y, en mi mente, la persona a la que me imaginaba era yo misma, pero como con 30 kilos menos y rodeada de un halo de luz. Otros días, cuando me he probado ropa o voy en el camión, me imagino demasiado gorda, incluso más de lo que podría estar.

No importa si es una actividad privada o pública: mi cuerpa nunca es mía. Siempre es mi concepción atada a la de las y los demás. Es una cuerpa mutilada, creada con pedazos míos, pero con correcciones sociales. Y, lo más fuerte, es que esa es la manera en que me visualizo.

No creo que el camino del autocuidado, del amor propio, del body positive o como se le quiera llamar sea fácil. Ni lineal ni amoroso. Creo que darte cuenta de cosas e ir intentando modificarlas y volverlas más amenas es un gran esfuerzo, que merece ser reconocido por nosotras mismas. Digamos que el camino de la aceptación está lleno de piedras, a veces te caes y te lastimas, pero —otras— puedes tomarlas y aventárselas a quien esté chingando, incluso a ti misma.

Laura Chávez

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