Del humor, el miedo y las mujeres

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Foto: Malcolm garret en Pexels

Las mañanas últimamente son más difíciles de lo que han sido siempre. Honestamente no soy una persona muy mañanera que digamos…, mi energía más provechosa está en la tarde-noche.

Por las mañanas hago lo que puedo y en esta pandemia los despertares son a veces imposibles. ¿A qué quisieras despertarte en un mundo lleno de incertidumbre económica y social, el sistema de salud desbordado, la violencia doméstica atravesada por los miles de abusos machistas, ahora encerrados en la comodidad de la cuarentena?

Sin embargo, cuando lo logro, lo primero que hago es alargar pesadamente mi mano hacia el celular: reviso los mensajes del mundo y personales. Lo primero que me sale hoy es un video del Secretario de Salud en la que se avienta una equivocación de miedo: “Pues vayamos a esa nueva mortalidad mo o o…, perdón, normalidad”. De pronto mi cuerpo se despierta y me gana una carcajada negra. Confundir normalidad con mortalidad es una metáfora perfecta de la realidad actual.

Reírse de un chiste tan negro es el síntoma de la buena salud psíquica: entender el mundo de manera compleja. Por otro lado, es impresionante pensar que la realidad ya hace los chistes sin el menor asomo de intención. Apenas recorrer las noticias del día es encontrarse con una serie de absurdos, que muchas veces se convierten en chistes y, nosotras, personajes de la realidad, somos muchas veces grandes cómicas.

No recuerdo con exactitud cuándo fue la primera vez que me reí de la realidad pero sí recuerdo cuándo fue la primera vez que decidí hacer de la risa un sostén: en medio de uno de los peores años de mi existencia adolescente, vivía secuestrada por mi abusador, y entre mis consignas estaba hacer limpieza todo el día sin salir a la calle. Tenía controlada la televisión y el aparato de sonido, no había computadora, ni para compartir. Yo tenía 16 años y pocos medios, mi única salida al mundo eran las revistas que se encontraban por todos los rincones de la casa y los libros.

Un mediodía mientras veía la ventana con ganas de huir o de matarme, como todas las mañanas, vi algo que pasaba en la calle, o quizá pensé en algo, y me dio risa. No recuerdo exactamente qué fue, pero sí recuerdo ese pensamiento que tuve después: ¿cómo puedo estar en esta situación y reírme?, ¿qué sería de mí si no tuviera este sentido del humor? Fue un pensamiento que me acompañó de manera permanente los años siguientes.

En el camino de esos años me hice cómica. Mi primer papel en el teatro fue la parodia de una secretaria fresa que provocaba risa desde que abría la boca, luego hice cabaret y finalmente, irremediablemente, terminé haciendo StandUp.

No se llamen al engaño, terminé haciendo Standup del que nada tiene que ver con Netflix ni con Comedy Central. El Standup que yo hago tiene más que ver con la ironía de Rosario Castellanos, la sátira de Sor Juana, un poco de la acidez de Marjane Satrapi y otro tanto de la ira de Virginia Despentes. Son mis referencias, pero sobre todo, tiene que ver con consolar por siempre a la niña de 16 años secuestrada, que ansiaba suicidarse o volar.

En cada búsqueda y cada logro de mi carrera cómica se encuentra esa imagen y esa consigna: consolarla, espantar el miedo que se impregnó en su identidad.

Es curioso, porque la risa es la cosa que más tiene que ver con el miedo, de hecho son como reacciones hermanas. ¿Alguna vez se han preguntado de qué se ríen cuando se ríen? El mecanismo de la comedia es muy complejo. En un chiste. Lo que hace el chiste es crear una expectativa para romperla abruptamente, y muchas veces esa expectativa está hecha del miedo a la tragedia. Por algo, una de las fórmulas más recurrentes para hacer comedia es la que plantea que “comedia es igual a tragedia, más tiempo”.

En el caso de las mujeres, la comedia no sólo es un asunto donde el miedo está presente como parte de la estructura. El miedo en las mujeres mexicanas es una forma de vida y un método de sobrevivencia. La más empoderada anda en estado de alerta cualquier noche en una calle solitaria; cuando la invade cualquier duda frente al espejo, cualquier juicio social.

Empecé a impartir un taller de Standup Feminista hace casi tres años y, entre muchas otras cosas, cada proceso en cada mujer ha sido una prueba distinta de cómo el miedo es un factor primordial a la hora de hacer comedia: las mujeres hacen sarcasmo sobre su manera de vivir el acoso, montan sátira sobre las reglas absurdas de una sociedad que hace de las víctimas las culpables, parodian los métodos de los abusadores con los que se han encontrado.

Desmontar el machismo de nuestra psique a través del humor no es cosa fácil, y sí es cosa de mujeres. De la misma manera, he visto a mujeres impecablemente tímidas subirse al escenario muertas de miedo por fuera, también para hablar de sus miedos; y a un público expectante de romper el miedo de reflejarse en las historias que le cuentan, a través de anécdotas y chistes.

Y sí, es cosa de mujeres.

Desde que me puse a hacer Standup supe que nunca quería encajar en el mundo de standuperos que no entienden estas “cosas de mujeres”. Cuando hombres (y algunas mujeres) hacen comedia desde la escuela habitual de la comedia mexicana, cargada en los paradigmas televisivos, no pueden hablar del miedo más que poniéndose de su lado. Hombres haciendo chistes de acoso se vuelven acosadores, hombres hablando de los métodos del abuso solo pueden ser sus fieles paladines….

La comedia mexicana está hecha de usar el miedo, muertos de miedo: humillar al otro para que no te humille, degradar su clase o su raza o su género, para que no te degrade a ti. Esa es por ejemplo una diferencia de las mujeres que han hecho procesos en el taller de Standup Feminista y que podrían marcar una pauta entre hacer comedia feminista y no hacerla: que el miedo se vuelva un elemento de transformación y no de sometimiento.

Sin embargo, hay un cliché que he escuchado de muchas mujeres cuando inician: creen que “reírse de una misma” es un mecanismo empoderador, siendo una su propia bulleadora. En realidad no se trata de reírnos de nuestras desgracias desde la autoagresión, no se trata de gordas haciendo chistes de gordas y “nacas” haciendo chistes de “ nacas”, es algo más complejo, se trata de entender la alianza entre la tristeza y el gozo.

Por ejemplo: Una gorda (como miles de gordas que habitan en este país) no se va a poner a hacer chistes de cómo su cuerpo es una amenaza para la sociedad. Lo que en realidad fórmula el absurdo son los por qués de una sociedad que se siente amenazada ante este cuerpo “diverso”, aún cuando esa “diversidad” sea en realidad el común denominador. Y las reacciones prejuiciosas de la gente que solo “sabe” que ser gorda es algo digno de ser señalado, pero no entiende por qué necesita hacerlo.

Otro ejemplo es ese enorme chiste de las mujeres “malcogidas”. Si quisiéramos tomar tal cliché para hacer un tipo de humor feminista, la carga no sería burlarnos de la propia insatisfacción sexual si no de lo enormemente paradójico que es culpar a las mujeres de su propia frustración sexual, en un país en el que la mayoría de los hombres no se enteran, hasta pasados los treinta años, de que las mujeres tenemos dos orificios, y que no es el mismo por el que orinamos que por el que cogemos.

Se trata pues de algo más profundo: descomponer las razones absurdas que hacen los chistes negros, y en ello crear consciencia del miedo como factor metodológico. El derecho a la vulnerabilidad y el deseo de consuelo hacen que la comedia sea una de las herramientas de supervivencia más inmensas del mundo; y en las mujeres, desde la perspectiva feminista, es un arma irrebatible para descomponer esos absurdos que hacen a veces de las normalidades, unas tantas mortalidades.

Itzel Arcos

Standupera, actriz y escritora, se dedica a impulsar las artes escénicas y narrativas a partir de la autobiografía con enfoque feminista.

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