Soledad, ¿romantizarla o evadirla?

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Después de mi último rompimiento, me sentí derrotada y me dejé llevar hasta el fondo.

Un día, sin embargo, decidí cambiar el desenlace y pensé en la forma de aligerar el pesar. Como para mí ya no era posible repetir esas actitudes, busqué concentrarme más en el trabajo: comencé a tomar clases de conjuntos corales, inicié el tejido de algunas prendas… Necesitaba encontrar un camino para sanar.

De todas las opciones, caminar en soledad fue mi favorita. Me inventé una rutina: los viernes al terminar el trabajo me preparaba una botella de agua, juntaba algunas botanas para el camino y me alistaba para recorrer unos cinco kilómetros a pie.

Estos recorridos en soledad me hacían bien tanto física como emocionalmente. Le ayudaban a mi cuerpo y a mi corazón. ¡Qué momento tan placentero! No había reglas, sólo preguntas: ¿Por qué es tan difícil llevar la soledad? ¿Por qué está sociedad nos crítica por el simple hecho de ser solteros? ¿Por qué es tan malo ir a algún lugar solos? ¿Por qué buscamos constantemente estar en una relación sin pensar que hay otras opciones?

Tal vez los hombres piensen ocasionalmente en esto, en la soledad, no lo sé; en el caso de las mujeres, no sólo la pensamos: la sufrimos, criticamos, evadimos y ahora también la romantizamos.

Es costumbre mía apartarme. Lo he hecho desde niña y durante todas las etapas de mi vida, así lo recuerdo hasta el día de hoy. Me resulta agradable. Cuando siento ansiedad, tristeza o hartazgo, me alejo. Me funciona, pues encuentro un tiempo y espacio para arreglármelas a solas. A la familia, pareja, amigos e incluso conocidos les parecía extraño. Algunos me decían que no lo entendían, entonces me enfrenté a críticas, juicios o cuestionamientos sobre esto de andar sola.

Con esas caminatas después del rompimiento, lo pasé mejor. Ejercitaba mi cuerpo, mi corazón y mi mente. Encontré momentos de tranquilidad a mi lado. Y poco a poco me perdoné, sostuve ni mano, me apapaché y hallé una paz, una paz que hasta ese momento no había encontrado en otro lugar.

Al hallarme en esta rutina de soledad pensé en reproducirla. Planeé citas conmigo. Iba a comer. A tomar un café. Iba por helado. Caminaba en el parque. Conocía lugares nuevos. Iba al cine.

Al principio me sentía extraña, me veía sola en un restaurante, con algunas mesas alrededor ocupadas por parejas o amigos; sentía algo parecido a la vergüenza. ¿Cómo me veo aquí sola? ¿No debería compartir la mesa con alguien? Al final, las dudas se iban y ganaba el deseo por sentir tranquilidad y todo se convertía en un gusto.

Pronto cumpliré cinco años sin estar en la formalidad de una pareja. Hasta el momento, la soltería y la soledad me han sentado bien. Hice a un lado los juicios que pesaban sobre mi condición: una mujer casi en los cuarenta, sin hijos, ni pareja estable ni familia propia.

Decidí que no me afectaría. Decidí silenciar la norma social de vivir en familia, esa que se le impone a las mujeres. No permití que influyera en mí de ninguna manera. No la consideré como la única opción, ni como la única condición para una mujer sin importar la edad. Decidí que podía haber más caminos.

Por cierto, tras la ruptura, las emociones (ansiedad, tristeza, molestia y enojo) se desvanecieron poco a poco. Esos tiempos y espacios los utilicé para conocerme: descubrir qué me gustaba, qué me daba miedo, aprendí más sobre mis molestias y enojos, hice realidad algunos de mis sueños y locuras, también conocí mi pasividad, mis alegrías y me reconcilié con mi aburrimiento. De todo un poco.

Admito, con presunción: hasta me agradé, me caí bien.

Quería compartir esa experiencia con amigas y familiares. Quería que todas lo vivieran sin criticarse, ni por la soltería ni por la soledad. Les comentaba —orgullosamente— cómo había encontrado este estado de tranquilidad, y me gustaba cuando ellas no lo querían o su opinión no era la misma. Cada una cuenta sus tiempos, su historia, sus momentos y decisiones.

La soledad nos permite encontrarnos. Evadirla o romantizarla es llegar a cada uno de los extremos. Hacer las paces con ella y conocerlos es el punto medio. Como dijo Pablo Neruda: “Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente, te encontrarás a ti mismo. Y esa, sólo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.

Espero que tanto para mí como para todas aquellas que se atrevan, sea la más feliz de sus horas.

Martha Malagón

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