Así nos reprime el patriarcado: mi vello

mi vello

Sí, soy peluda. No, no he aprendido a vivir con mis vellos. Aunque no es un asunto que me deje sin dormir y tampoco volvería a pagar porque me los quitaran, me molesta haber interiorizado un discurso que me obligó a odiarlos.

Mi vello no me generó ningún problema hasta que llegué a los 12 años, aproximadamente. Pasé la primaria y parte de la secundaria sin preocuparme por mi bigotillo, por mi ceja o por los chingados pelos de mis pies. Intento hacer memoria. Quiero creer que mi infancia estuvo libre de críticas por mi físico, evidentemente no fue así pero prefiero mantener vedados esos recuerdos.

Creo que el tema de la competencia estética empezó en la secundaria, al menos fue entonces cuando me hice consciente; cuando noté que las niñas empezaban a rivalizar entre ellas, cuando en los grupitos se hablaba de quién era la más bonita, quién la más gorda, quién la más chistosa, quién la más barbera, quién la más rebelde, quién la más llorona.

Qué crueles son con la pubertad, malditos mandatos sociales.

Fui a una secundaria de puras mujeres así que logré salir de mi niñez sin mayor problema; es decir, hasta entonces, mi identidad y mi autoestima (que eran aún muy vulnerables) se mantuvieron a salvo: nadie nunca se metió conmigo. Creo que yo fui la única que se metió conmigo. Claro que nunca fui realmente consciente del maltrato, para mí era como explorar y experimentar.

Siempre he sido muy crítica de mi físico. Pero crítica mala onda. Malora. Culerona. De esas que te destruyen (que se autodestruyen). Insisto, en ese momento no te das cuenta, hasta después piensas: “órale, ojalá no hubiera sido tan cruel”.

Mis pedos mentales empezaron con los pelos de mi cara: las cejas, el bigote y los delgados vellos faciales que aterciopelaban mi bello rostro. Después de que “experimenté” con mi cabello (me caga decirle cabello pero necesito diferenciar entre mis pelos* [vellos] y mis cabellera), decía que después de que decidí hacerme una base, con lo que le quité su lacia sedosidad y lo convertí en el monstruo que es hoy, me fui sobre mis cejas.

Eran los 90, ¿recuerdan a Gwen Stefani en No Doubt? Bueno, así terminaron. Me faltó mencionar que originalmente mis cejas eran como las de Cara Delevingne. No tienen que echar a volar tanto su imaginación para visualizar el antes y el después. Me desgracié, pues.

Todo comenzó con pinzas de depilar, pero conforme me hacía mayor me fui profesionalizando. Pasé de la crema de depilar a la cera y, después, obviamente a la depilación láser y a la luz pulsada. Pero estoy yendo muy rápido.

Regresemos al momento en que mi ceja fue tan delgada como Eiza González. Al instante me sentí feliz porque mi ceja había logrado encajar en el estereotipo, pero faltaba algo: mis diminutos vellitos faciales. En ese entonces no me parecía que fueran muchos, eran un chingomadral, ¿qué pecado había cometido para que dios tuviera la saña de envellocerme de esa manera?

Afortunadamente jamás pasó por mi cabeza la idea de rasurarlos, pero mi hermana y yo descubrimos algo que nos hizo felices: la decoloración facial.

Si seremos pendejas.

Fueron como 3 años de decoloración. De escuchar el químico activándose en nuestras caritas, de sentir el ardor en los ojos, de oler hasta por 30 minutos la fórmula esa que nos untábamos en nuestro bello, vellísimo, rostro.

Nos fallamos a nosotras mismas por obsesionarnos con cumplir con el estereotipo.

No recuerdo en qué bendito momento renunciamos a la decoloración pero lo hicimos. Porque, afortunada o desafortunadamente, según como quiera ser visto, no era yo la única que se lanzaba al vacío, lo hacíamos juntas y tomadas de la mano.

Cuando se puso de moda la depilación láser y la de luz pulsada vi la luz al final del tunel y corrí hacia ellas lo más rápido que pude. Aproveché la promoción y me depilé el rostro, las axilas, las piernas y el bikini. El año 2008 me quitó la oportunidad de poder decolorarme el vello púbico o de hacerme una fotografía presumiendo los largos pelos en mis axilas.

Muero por decir que aprendí a vivir con los vellos de mi cara, pero no, ese trauma está muy interiorizado. Aunque me resisto a la idea de volver a decolorarlos, sigo depilándolos cuando me doy cuenta de que ahí están, diciéndome ‘holi’ de nuevo.

Mi rostro sería otro si me hubiera tocado lidiar con mis hormonas en esta época.

Pero la historia no se acaba aquí. Cuando había logrado empezar a convivir pacíficamente con mis pelos, llegó un sujeto a hablarme de los otros vellos que yo no había tomado en cuenta. Los de mis pezones. Sí, amigos y amigas, tengo pelos en mis pezones. Estoy segura de que no soy la única, así que hablaré de ellos desde la visión de una mujer educada para agradar a los masculinos, pero que se empeña en deconstruirse a diario y mandarlos a chingar a su padre cada que intentan destruir mi autoestima.

Un tipo con el que me acosté un par de veces me hizo notar mis vellos en los pezones. No fue un comentario delicado, estuvo lleno de ganas de tumbarme. Afortunadamente fui consciente de ello y sobreviví a su violencia sicológica. Amigo, no tengo tiempo para quitarme los vellos de los pezones a diario. Son más rápidos incluso que yo misma y cuando pienso que he terminado con ellos, están ahí nuevamente, revolucionando mi cuerpo y gritándome bien fuerte que mis hormonas siguen a full.

Más allá de la broma y del buen ánimo con el que ahora enfrento este tipo de comentarios, las mujeres no tendríamos por qué levantar un escudo protector ante estos entes violentos, no somos bolsas de box para estar siendo atacadas con comentarios superficiales sobre nuestro físico ni súper heroínas que debamos aprender a empoderarnos. Como dice la descripción de Twitter de una amiga, “soy un ser humano. No doblar, romper o torcer”.

Las mujeres estamos aprendiendo a desprendernos de la normatividad social que nos impone un patrón estético, ¿para cuándo los hombres? Les urge.

Ojalá hubiera tenido la constancia de escribir en un diario el día a día de mis hormonas. Seguramente 70% de lo narrado ahí estaría plagado de drama, pero habría detalles de mis más salvajes prácticas.

Así nos reprime el patriarcado: mi edad

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Sandra Lucario

Mexicana, 37 años. Estudié periodismo en la UNAM, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. He trabajado en Quién.com, Chilango.com, Garuyo.com, HuffPostMéxico.com. Actualmente trabajo en Univision.com y estudio una maestría de fotografía y estudios visuales.

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