Así nos reprime el patriarcado: mi rostro

mi rostro

Uno de estos días de cuarentena observaba a mi madre, mientras me leía un mensaje de su celular. Ella casi nunca se ha maquillado; de hecho, han sido contadas las ocasiones en que la he visto así. Probablemente en algunas fotografías viejas, de fiestas de su juventud, del día de su boda y de algunas celebraciones de cuando yo era pequeña.

Siempre es su cara fresca y maquillaje ligero.

Nunca le ha dado importancia a la belleza en su rostro. Parece extraño, pero no la recuerdo por las mañanas dedicándole horas a la pintura. Aprendí de ella. No tomaba labiales o rubor de su tocador, ni siquiera los tenía entre sus artículos personales. Yo tampoco tenía la curiosidad de maquillarme.

Lo reconozco, mi rostro no sería elegido para aparecer en una portada de revista o el ganador de entre muchos como el más bello. Pero me gusta. Me agrada mucho. Aunque lo valoro, desde mi juventud aprendí a usar maquillaje: sombras, rubor, máscara para pestañas, labial. Todo aquello que pudiera adquirir para experimentar, y sentirme a gusto con mi apariencia.

Aclaro: si me maquillo y atiendo mi rostro es para sentirme bien conmigo.

Sin embargo, todos los aspectos que rodean la vida de una mujer han sido reprimidos por la sociedad patriarcal. El rostro no es la excepción. Acciones, comentarios y “recomendaciones” se encargan de darle un valor a la belleza de nuestro rostro.

Estoy segura de que más de una se ha encontrado en alguna de las siguientes situaciones.

Situación 1: La infección en el ojo.

Las indicaciones del doctor fueron no maquillarme, ni gota de color. A regañadientes acepté, al siguiente día asistí al trabajo con el rostro limpio. No faltaron los comentarios de los compañeros de trabajo o alumnos: “ Miss, se enfermó”. “¿Te sientes mal?, ¿no te enfermaste?”. ¿Mi respuesta? Un amable: “sí”… En ese momento crees que es lo único que puedes contestar.

Después ya no permití que volviera a pasar.

Otras veces que fui al trabajo sin maquillaje me enfrenté a las mismas preguntas. Ahí sí dije muy segura: “Hoy no me maquillé. No estoy enferma ni me pasó algo malo. Ya se acostumbrarán”.

¿Al salir o ir a un lugar siempre debemos ir maquilladas?

Situación 2: Los juicios de la gente.

Si una se maquilla demasiado, se ve exagerada; si no lo hace, es una descuidada o “fodonga”. Comentarios de ese tipo, que nos sabemos de memoria y son un clásico del patriarcado, vienen de compañeros del trabajo, de amigos y hasta de la familia, de los que en mi caso he estado exenta. A pesar de tener una familia integrada en su mayoría por mujeres, nunca existió una exigencia o crítica sobre este aspecto. Entonces, una decide maquillarse a su modo y con sus tiempos.

Situación 3: El retoque.

Cuando usamos lápiz labial hay que tener cuidado. No comer, beber o besar, o el color desaparecerá. Con el delineador de ojos y la máscara de pestañas —encima— no hay que llorar, porque tus ojos terminarán horribles. Si bailas, sudas o nadas, la base y el rubor ya no tendrán el mismo efecto. ¡Hay que ser extremadamente cuidadosas para que la decoración no se arruine!

Claro, con maquillaje de mejor calidad todo sería diferente, pero no todas las mujeres tienen esas posibilidades.

Todo esto nos lleva a la pregunta del millón: ¿de verdad es necesario maquillarse todos los días y lucir un rostro bello en todo momento?

En ninguno de los casos anteriores nos otorgan una libertad total para decidir cómo llevar nuestro rostro, pues siempre terminan saliendo a flote los comentarios. Si de cualquier forma la crítica va a existir, entonces debemos maquillarnos a nuestro gusto, sin seguir reglas, sin considerar espacios, ni tiempos, tomando en cuenta que si lo hacemos será por gusto y no para ser del agrado y consumo de los hombres.

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Martha Malagón

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