Del ‘home office’ a bañarme en cuarentena

home office

Soy de esas personas a las que les gusta estar en casa. Tengo un trabajo que me permite hacer home office, cosa que no pasaba en los anteriores; y le saco provecho.

Puedo poner la lavadora, cocinarme algo caliente (y digno) (y olvidarme del tupper), quitarle las hojas secas a mis plantas y regarlas.

Generalmente en mis días de home office me quedaba en pijama, no me bañaba, y no me ponía brassier en todo el día. A menos que tuviera que salir a tirar la basura. Ahí sí me ponía uno, porque el del camión no tiene por qué estar viéndome las chichis.

Hace un par de semanas mi empresa se sumó al periodo de aislamiento anticipado y me mandó a trabajar a mi casa. Los primeros días fueron como los de un home office normal, pero ya estoy empezando a sentir que esa dinámica no me va a funcionar en la cuarentena.

Aunque casi todos los días tengo videollamadas, que yo sepa, nadie en mi trabajo te juzga por conectarte en pijama.

Sin embargo, cuantos más días paso en pijama, sin brassier y sin bañarme más siento que me desatiendo. O sea… se siente como si me alejara más y más de quien soy yo, y de cómo me estaba construyendo.

Me di cuenta de este sentimiento precisamente el día en que mi esposo se bañó, se vistió y se arregló por completo para tomar una llamada del trabajo, una en la que ni siquiera tenía que activar su cámara.

Nada más de verlo fresco sentí la urgencia de bañarme. Cuando salí de la ducha me puse mis ropas más sensuales (según yo), mi desodorante, mi bloqueador solar (porque sí hay que ponérselo aunque no salgamos a la calle), y hasta me perfumé un poquito.

Hay para quienes bañarse es lo que más les gusta de la cuarentena.

Bañarme en cuarentena

Para otros bañarse sigue siendo LA cuestión.

Bañarme en cuarentena

No está de más decir que me sentí mucho más concentrada y dispuesta a trabajar durante toda la tarde. Lo voy a decir, todavía muy a pesar: bañarse sí hace toda la diferencia durante la cuarentena (sirve que matamos el virus con la enjabonada, jajaja).

Bañarme en cuarentena

Ya encarrerada con el baño del viernes, me pasé el sábado limpiando mi casa. Pensé: “Si así me sentí nomás dándome un baño, seguro me sentiré mejor con toallas frescas y limpias, la casa ordenada y hasta la estufa lavada”.

No miento al decir que no exageré. Después de unas doce horas en que el esposo y yo hicimos de todo, desde limpiar el patio, colgar la planta (que me había tardado meses en colgar en un ganchito), lavar los trastes, la estufa, barrer y trapear la casa, terminé la jornada bañándome (¡otra veeeeez!) y sintiéndome —digamos— realizada. Sí, esa es la palabra.

Por un lado pienso que no hay que minimizar nuestros apapachos. Todo lo que nos damos, nos impacta de forma positiva o negativa, según cómo nos tratemos. Si nos bañamos, dedicamos tiempo para nosotras y estoy muy segura de que nuestro ánimo crecerá.

Por el otro lado, hay algo que nos da bañarnos y limpiar nuestros espacios durante la cuarentena: la sensación de que hicimos algo, por la casa o por nosotros. Es la diferencia entre sentir que durante el día no pasó nada y todo sigue igual y ver cambios a tu alrededor.

Al final, sin poder salir de la casa, sin poder hacer planes, sin poder cotorrear con la banda…, lo único que podemos hacer es algo por el lugar que habitamos, por nosotros y para nosotros.

Por supuesto, se vale no querer. Y tampoco pasa nada.

Aunque la cocina limpia siempre motiva a preparar algo delicioso, como unas tortillas de harina, por supuesto, hoy ya no tengo energía para cocinar la gran cena…

Pero sobre la creatividad en la cocina y el amor en la comida ya escribiré otro día.

Si no me creen sobre lo del baño, créanle a El País. Aquí dice que ayuda a combatir los síntomas de la depresión.

Daniela Mendez

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