Así nos reprime el patriarcado: Mi edad

mi edad

Eso no se le pregunta a las mujeres“, reprochó una alumna corrigiendo a su compañero cuando se le ocurrió preguntarme —inocentemente— sobre mi edad.

Treinta y ocho, con todas sus letras“, le respondí a ambos. “No me molesta decir mi edad“, agregué. Y ya en tono bromista le dije a todo el grupo: “Y no crean que obtendrán una calificación adicional si alguno me dice que me veo más joven“. Ah, olvidaba decir que soy maestra de secundaria.

Para concluir la plática con mis alumnos sobre el tema en cuestión expliqué: “No me molesta decir mi edad, chicos. Si alguien me lo pregunta, no hay problema, no veo ofensa ni impertinencia“.

En el mundo en que vivimos, nos medimos por los años, por el tiempo. No sólo consideramos los cambios que se presentan en cuestiones biológicas o naturales, le damos más importancia a los logros obtenidos o a la condición que alcanzamos en ciertas etapas de nuestras vidas.

La forma de vestir, nuestras acciones, el estado civil, entre otras muchas cosas determinan nuestra situación como mujeres.

Nuestra condición es marcada por el patriarcado en cada una de nuestras etapas de vida.

Los prejuicios son piedras que bien podríamos arrojar sin culpa; la mayoría de los casos los guardamos en un bolso que llevamos a cuestas: Pesan más cuando nos preguntan por nuestra edad y hasta dónde hemos llegado con “equis” años encima.

Estoy próxima a los 40. Deseo llegar a esa edad, reconocerla con orgullo, con satisfacción; recordando todos los tropiezos y las batallas del camino. Lo considero un logro, por el simple hecho de vivirlo, de disfrutarlo, de obtener experiencias.

Contrario a lo que esperan los otros de mí, no pienso medir mi edad con base en los éxitos obtenidos, con el matrimonio, la independencia o la maternidad.

He enfrentado muchos de estos “requisitos sociales” que se le imponen a las mujeres de mi edad. Defiendo y expongo mi punto de vista en las reuniones familiares, en reencuentros generacionales.

— “¿Y el éxito profesional?”. Cada quien encuentra y labra su camino.

— “¿Aún no te has casado?”. No, he encontrado otras formas de sentirme plena.

¿Acaso debo responder cada cuestionamiento? ¿Debo encontrar una justificación o preparar un discurso para cada situación?

Así lo llegué a hacer, alisté mi réplica para cada ocasión, las palabras adecuadas.

De repente cuestionaban:

— “¿Y entonces no tienes hijos?, ¿no piensas ser madre?”.
— (…) Evadía la pregunta.
— “Se te va a pasar”, aseguraban.

Era demasiado difícil explicarles una simple razón: No pienso tener hijos porque no quiero. No considero que por llegar a cierta edad sea obligatorio cumplir con ese “requisito”.

Intento recordar, y nunca escuché a la sociedad cuestionar con esa misma insistencia a mis compañeros, a los hombres. ¿Qué condiciones deben cubrir ellos con respecto a su edad?

Nunca nos miden con la misma vara.

Estoy por cumplir cuarenta, aún vivo con mis padres, no he formado una familia propia y no pienso hacerlo, no está dentro de mis planes. Prefiero dedicarle mi tiempo, dinero y energía a ellos (mis papás), a disfrutarlos mientras tenga la oportunidad. No, no me he casado, no quiero hacerlo, no veo en el matrimonio un punto de valoración, mucho menos si lo relacionan con mi edad.

Las mujeres no deberíamos escuchar esas ideas. Hay que usar la ropa que nos haga sentir cómodas, ¿qué importa si no va con nuestra edad? Deberíamos dedicarnos a lo que nos hace felices, plenas. Por nosotras, nunca por los demás.

No existe la fecha de caducidad ni hay trenes que se nos pasen. Si quieren, que se sigan de largo, ¿qué más da?

Nuestra edad y lo que hemos logrado con el paso de los años no determina nuestro valor, nuestra aceptación.

Al final, con el paso de los años, yo solo quiero lograr son dos cosas: tranquilidad y libertad.

Así nos reprime el patriarcado: mi cabello

Martha Malagón

Leer previa

Ella es Abraham Seperras, la ‘drag queen’ que va contra el coronavirus

Leer siguiente

Vulvísima: una colectiva que fortalece la autonomía de la mujeres