Así nos reprime el patriarcado: mi cabello

cabello

Para algunas culturas, como las nórdicas o para los indios americanos, el cabello largo simboliza masculinidad. Lo portaban sus grandes guerreros.

Para algunas comunidades indígenas de América representa fortaleza espiritual, sabiduría y liderazgo. Los hombres de pelo largo se ganaban el respeto de la comunidad.

Para mí, representa belleza y sensualidad. Las mujeres de cabello largo son las bonitas, aquellas por quienes todos suspiran, pensaba a mis 14 años. A esa edad muchas quieren ser agradables para los chicos. Yo lo deseaba. Crecí con esa idea.

A pesar de esta exigencia de llevar el pelo de determinada medida con el único objetivo de agradar, durante años hice y deshice con él como me dio la imaginación.

Ahora que se avistan sus primeras canas y que me propuse no cortarlo durante un año es un buen momento para enlistar todos los cambios que ha experimentado, así como los comentarios repetitivos y molestos sobre cada etapa.

De niña lo usaba corto, una extensión aceptable, lo estrictamente permitido para verme aún femenina: “Mira, qué linda luce con su pelito bien acomodado y ese flaquito chulo”, le decían a mi mamá.

Inicié mi juventud. Un día decidí tomar las tijeras de casa, sin ninguna experiencia en el estilismo, pero con la intención de lucir diferente. Corté por todos lados. Al verme al espejo, quedé satisfecha. No era un trabajo profesional, mas estaba a mi gusto. Me pareció tan divertido. No faltaron quienes cuestionaron a mi madre: “¿Cómo dejas que tu hija se corte el cabello sola? Deberías llevarla al salón para que no haga locuras”.

Cuando empezaba mi etapa adulta, me volví a encontrar con el comentario acerca de la relación entre el largo del cabello y la belleza de las mujeres: “Se ven más femeninas, más guapas”, decían. Para entonces, el mío había pasado mis hombros y llegaba a la mitad de mi espalda. Me pareció prudente hacer un cambio de color, un tinte modificó mi oscuro natural a un rojo artificial.

Después pasó por el morado, el verde y el azul. Las criticas no se hicieron esperar: “Es muy llamativo”. “¡No!, lo maltratarás”. “Es mejor tu color natural, ¡sé natural!”.

Un día extrañé mi cabello oscuro. Me vi en una fotografía que me tomaron unos años atrás y decidí regresar al origen.

Seguía teniendo mi cabellera larga. Pensaba que si alguna vez me atrevía a cortarlo de más, dejaría de ser atractiva para los hombres.

Estaba en los veinte cuando decidí hacer un cambio radical. Empoderada, llegué al salón de belleza y sin más le dije a la estilista: “córtalo lo más que se pueda”. El asombro en su cara me dió risa. “¿Estás segura de lo que haces?”, preguntó. “Sí, claro”, le respondí. “Tú dale, eres buena en esto”, agregué.

Salí con el cabello cortísimo, como nunca antes. Me sentía fresca, ligera, libre. No sé si llamaba o no la atención, pero sentirme bella para mí fue suficiente. Anduve peloncita durante varios años. “No crees que es muy corto”, me decían.

La extensión o forma de mi cabello poco importó cuando viví mentiras y engaños en mis relaciones. “Seguramente lo rapaste del costado porque necesitabas un cambio, después de esa relación tortuosa”. Realmente lo hice por el personaje de una famosa película. Simple imitación.

Así fue que lo comprendí: mi pelo podía quedarse como yo quisiera, sin tomar en cuenta las palabras de los otros, mucho menos la aceptación de los hombres. O de las mujeres, quienes también están listas para comentar detalles, que en realidad son fruto del machismo… ¡A tumbar esos prejuicios sobre la forma del cabello, su color, largo y todas aquellas representaciones impuestas por el patriarcado!

Ahora lo llevo largo, acaricia mi espalda y casi llega hasta mi trasero, las partes más cortas caen ligeramente en mis hombros y las primeras canas se dejan ver como si fueran glitter. Me propuse un reto: no cortarlo durante un año. Afirmo satisfecha.

Mi cabello siempre ha respondido a mis propios antojos. Durante muchos años cedí, me creí los cuentos y busqué la aceptación. Ahora su forma y extensión no dependen más de los comentarios ajenos, tampoco lo uso como herramienta de conquista, mucho menos para lograr la aceptación masculina.

Mi pelo, desde hace algunos años, anda con libre albedrío. Por fin es libre.

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Martha Malagón

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