El paro del 9M: una utopía que se quedó corta

Paro 9M

Foto: OpenClipart-Vectors en Pixabay

Yo creo en las multitudes. En alzar la voz (porque el silencio mata). En gritar, ¿por qué no? En la organización. En las manadas. En llenar las calles. En visibilizarnos. Creí en el paro del 9M precisamente por su naturaleza masiva, pero algo pasó que no me llegó al corazón.

Yo sé que suena cursi. Pero mis expectativas eran altas. No sólo porque finalmente nos uniríamos a un movimiento mundial, que el año pasado convocó a Argentina, Brasil, Paraguay, Perú y Uruguay, al menos en Latinoamérica, sino que dejaríamos clara nuestra postura en torno a las desigualdades sociales y económicas contra la mujer, tan enraizadas en la sociedad mexicana.

Sin embargo, el trancazo se fue diluyendo. De huelga, el movimiento pasó a paro. No había problema porque, finalmente, era una manera de justificar nuestra ausencia en nuestras oficinas, sin tener una sanción. Después, los discursos fueron entremezclándose. El paro, para muchos, significó que las mujeres no fueran a trabajar. Y ya. Para otros consistió en que permanecieran encerradas en sus casas.

Hubo quienes no entendieron nada y en lugar de sostener el objetivo final del paro (es decir, llevar a los hombres a ponerse en los zapatos de las mujeres y desempeñar sus actividades: impartir las clases de ellas, preparar la comida, servirla, asumir los trabajos de cuidados; vamos, atender las ventanillas del metro para vender ellos los boletos), en lugar de eso decidieron suspendieron las labores, aparentemente jamás pasó por su cabeza la idea de planear cómo podrían cumplir estas tareas los masculinos.

Para la mayoría, finalmente, se convirtió en un tema paternalista y cursi (la cursilería se nos da a todos, queda claro) en el que las calles sin mujeres estaban desoladas…

Al día siguiente los periódicos amanecieron con titulares que apelaban al apapacho del: “a las mujeres no se les toca ni con el pétalo de una rosa”. “Hay ausencias que triunfan” decía Reforma, “Hacen falta” publicó La Prensa, “Las mujeres se dejaron sentir” dijo —palabras más, palabras menos— La Jornada, “Aún ausentes, exhiben su fuerza” se leía en Excélsior, “Dan lección con paro” tituló su nota principal El Universal. Aquí pueden verlo por ustedes mismos.

Otra vez asumiendo el rol aleccionador de las mujeres.

Pero regresemos a la naturaleza del 9M. La intención de parar al mundo en la realidad capitalista en que vivimos hizo imposible que lo lográramos. Necesitábamos comer, unas más que otras, metafóricamente hablando. Muchas tuvimos la fortuna de no discutir con nuestro empleador acerca de la importancia de no producir riqueza para sus dueños ese día. Otras tuvieron que armarse de valor y organizarse para convencer a su jefe de que no era negociable no participar del paro.

Sin embargo, miles de mujeres asistieron al trabajo. Algunas no tuvieron ni siquiera oportunidad de estructurar las palabras para intentar persuadir a su empleador, porque el tema no forma parte de la discusión de la empresa. Otras definitivamente no pudieron dejar la parte de trabajo doméstico que les corresponde a diario porque 1) son mujeres mayores que han ganado luchas en su micro espacio, 2) no toleran vivir sin estar activas, 3) un día laboral libre implica aprovechar para hacer todo eso que no pueden hacer durante la semana.

Ya no hablemos de las mujeres trabajadoras ambulantes o de quienes laboran en puestos callejeros, que no pudieron parar porque de su trabajo depende su sustento diario.

Faltó organización y un plan de contingencia, como sí hubo el 8M.

Aunque sí se agendaron actividades, no todas las que hubiéramos querido, y si las hubo, muchas no nos enteramos. Las más privilegiadas preferimos quedarnos en casa a descansar tras la jubilosa marcha del domingo. “Descansar” porque en lo particular quienes hacemos este sitio quisimos seguir alimentándolo ese día. Más tarde decidimos salir a dar una vuelta a la ciudad para comprobar por cuenta propia lo que decían las redes sociales.

Decenas de mujeres caminaban por las calles, algunas vestidas de morado. Escéptica como soy, cuestioné. Tania Itzel aseguraba que sí había menos mujeres en la Zona Rosa. También lo hablé con mi madre, que dijo lo mismo. En redes sociales “celebraban” que sin mujeres había menos tránsito y en los medios destacaban lo vacíos que iban los microbuses, el metro, el metrobús.

Ojalá cada una compartiera en qué ocupó ese día. Qué parte de la lucha sintió haber combatido y ganado. Cómo, más allá del triunfo sobre el capitalismo, se ganó en lo privado.

Me hubiera gustado que las mujeres no callaran en redes sociales. Que compartieran cómo se agruparon y siguieron tejiendo redes, conocimiento y testimonios. El paro del 9M fue tan importante que debe ser documentado por cada una, desde su trinchera, desde su propia visión.

La marcha fue un éxito porque lleva realizándose desde hace muchos años; además, ocurrió en domingo, además, los feminicidios de Fátima (y miles de mujeres más) aún nos tenían oprimido el corazón; además, en el último año las redes sociales se llenaron de denuncias de quienes habían sido violadas o abusadas de diferentes maneras.

Vamos avanzando, las utopías son un trampolín que debemos brincar y brincar y brincar hasta agarrar suficiente vuelo para llegar al siguiente nivel.

Sandra Lucario

Mexicana, 37 años. Estudié periodismo en la UNAM, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. He trabajado en Quién.com, Chilango.com, Garuyo.com, HuffPostMéxico.com. Actualmente trabajo en Univision.com y estudio una maestría de fotografía y estudios visuales.

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