Así nos reprime el patriarcado: mis piernas

mis piernas

Subo al transporte público, mi diario ir y venir por esta ciudad. Después de pagar el pasaje, miro alrededor en busca de un lugar, ahí hay uno, cerca de la ventana, lo ocupo.

El hombre viajando a mi lado parece dirigirse al trabajo. Tendrá, tal vez, más de treinta; coloca la mochila entre sus piernas, ¿es un pretexto para ocupar, además de su espacio, casi la mitad del mío? Permanezco durante unos minutos con las piernas cerradas, unas cuantas cuadras. De repente, respingo: ¿por qué debo viajar así?

Si hay un espacio destinado para cada pasajero, ¿qué le hace creer a él que puede ocupar más de lo que le corresponde?

Comienzo a reclamar mi asiento. Abro las piernas de un jalón, incluso lo golpeó ligeramente y miro el espacio que hay entre los dos cuerpos, para darle a entender mi malestar. Las cosas no deberían ser así, una tiene que expresarlo: para ellos es costumbre extenderse, sin tomar en cuenta al otro, menos si se trata de una mujer.

Él abre los ojos, deja de fingir que duerme, me mira extrañado, como diciendo: “¿cómo se le ocurre reclamar su espacio?”. Sigue sin moverse.

Ahora va la mía.

No pienso ceder. Tomo fuerza y abro más mis piernas, esta vez de manera decidida. Me topo con su resistencia, tampoco voy a retroceder.

En ese intento, en esa pequeña batalla, se nos ha ido casi todo el recorrido.

Se levanta de su asiento con cierto desdén, no sin antes poner los ojos en blanco, con expresión de fastidio: “Una fémina loca me ha estropeado el camino”.

Sonrío satisfecha, aunque no del todo, pues me hizo falta expresarlo abiertamente. Decirle de manera directa, con todas sus palabras, lo molesto que es viajar ocupando lo mínimo, forcejear o soportar la temperatura de su cuerpo, y de sus piernas, sólo para poder viajar con comodidad.

Ahora que se ha levantado, toma su asiento una mujer mayor, lleva consigo tres bolsas y, pese a ello, se fija, observa, acomoda sus pertenencias, cuidadosamente se instala en el asiento, considerando que a su lado estoy yo. Ella sí pensó en el espacio de cada lugar. Ella sí me vió.

El patriarcado hace uso de muchas estrategias para marcar su poder. Comienzan con las cosas más cotidianas. Por ejemplo, esta lucha por el espacio. Aunque esta vez fue más fácil, no debería existir una lucha por respetar un asiento. ¿Extenderse, usar su fuerza, poner las piernas rígidas y guerrear por algo que no les pertenece?

Casi termina mi recorrido. Me pongo de pie, camino sobre el pasillo y observo. Mi caso no es el único, hay por lo menos unos cuatro más: hombre y mujer compartiendo el lugar, ellos a sus “anchas” , con más espacio que ellas, que no parecen molestas.

Estamos tan acostumbrados. Ellos a extenderse y nosotras a no reclamar, porque así debe ser, porque creemos que así tiene que ser.

Eso de las piernas es una lucha constante a la que las mujeres nos enfrentamos. La vivimos desde estos espacios públicos, aunque también en los privados, padeciendo de igual modo los juicios de valor y estética depositados en nuestras piernas. Nos dictan las reglas del juego: si debemos mantenerlas abiertas o cerradas, depiladas y bronceadas, no para nuestro goce sino para el de ellos.

Deben estar torneadas, lucir sexys, nunca descuidarlas, sin marcas ni cicatrices.

El patriarcado y su séquito se encargan de marcar esos estereotipos, como si de ellos dependiera el valor de cada una: muestra tus piernas de tal forma, pero no las lleves libremente ni por decisión propia a pelear –otra vez– por algo que te corresponde.

El ser tomada en cuenta. Es tan sencillo. No para ellos, es difícil hacerles entender.

Este es mi espacio. No me anules, tengo derecho a él; si no estás dispuesto a respetarlo, yo estoy más que decidida a pelear por él.

Así nos reprime el patriarcado: mis orejas

Martha Malagón

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