El feminismo le ganó al machismo, una historia de éxito

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Me gusta jugar a contarles a mis papás que fui testigo de cómo nacieron. Los dos provienen de zonas rurales, de lugares sin acceso a servicios hospitalarios.

Les cuento que en aquel 1945 y en ese 1959 llegaron al mundo entre el humo de las ollas que hervían, en un cuarto oscurísimo, con las parteras sudando, mis abuelas sudando, ellos mismos sudando; con sus hermanos mayores peleando en una esquina. No me creen cuando les digo que me acuerdo de cómo nacieron.

Yo, por el contrario, nací en un hospital. De paredes blancas, un edificio frío, con personas que huelen a alcohol, y las sábanas a desinfectado. Desde que tengo uso de memoria, mi papá ha dicho que: “por un pelito de rana calva” —usa letra por letra precisamente esa expresión— y yo nacía hombre. Yo, Sandra, la segunda hija de un matrimonio inestable en el que el padre soñaba con tener un hijo varón y la madre, con un marido que no condicionara la estabilidad de la familia a cambio de asegurar la llegada de un machito real.

Por un lado crecí con los dictados masculinos de quien, sin saberlo (¿o teniendo clarísima conciencia?), puso sobre mí las bases de una estructura llena de machismo en la que yo podía (y debía) ser doña chingona. Aprendí a no quejarme, a hacerlo todo por mí misma, a no pedir ayuda, a nunca acobardarme, a ser berrinchuda y chantajista, a que aquí se hace lo que digo yo, a no dar muestras de afecto, a ser un frasco de inagotable aceite, a hacer lo que se me de la gana y a que, si algo me dolía, se debía quedar aquí adentro y fingirlo todo allá afuera.

De más chica, y sin siquiera haber escuchado la palabra feminismo, siempre bromeaba con mi mejor amiga diciendo que era yo una marimacha.

Por el otro lado, junto con mi hermana, debimos encontrar el modo de sortear la violencia machista con la que nos trataban los hermanos de mi papá. A mi padre, pues, se lo perdono todo. A aquella gente no. Crecimos escuchando de sus bocas que éramos tontas, inútiles y muchos más adjetivos de los que —bendita desmemoria— me he olvidado.

No recuerdo qué decían pero sí cómo nos hacían sentir.

De lo que también me acuerdo es de mi mamá repitiendo cada que podía que nunca dependiéramos económicamente de un hombre. ¿Se imaginan esa casa? Todo se incendiaba. Pero las cenizas se quedaban dentro de nuestros cuerpos y de nuestras mentes.

Nunca me cansaré de repetir que con eso mi mamá me hizo feminista. Parecía que la señora se había leído toda la bibliografía de Simone de Beavoir. Ella era bastante consciente de lo que hacía, cómo lo hacía y por qué lo hacía. Una vez mi papá le dijo que mi hermana y yo no íbamos a estudiar una licenciatura porque pues para qué si un cabrón nos iba a mantener. Mi madre se puso fúrica y seguro nosotras también. Éramos tres contra uno. Ganamos.

Tengo 38 años y me gusta bromear con el hecho de que si no hubiera estudiado ciencias de la comunicación ahorita mismo estaría no sólo “solterona” (en esa visión machista) sino muerta por dentro: frustradísima, sin hijos, con tres gatos, toda misándrica y quién sabe cómo me ganaría la vida.

Mi combate contra el machismo tuvo su punto cumbre cuando me tocó exigir apoyo para ser mi propio sustento, pero llevó todo un proceso. Odiaba las labores domésticas y fanfarroneaba con ser mejor que las otras mujeres, competía con ellas, incluso quise pasar por encima de ellas. Nunca fui misógina pero sí quería distinguirme de ellas, como si el enemigo fuéramos nosotras. Todas contra todas. Incluso fui también mi propio enemigo hasta que decidí dejar de escuchar los dictados sociales. La liberación.

Hoy soy la señora de los gatos que se pone perra con los machos porque lleva casi cuatro décadas aguantándolos. Ojalá mi infancia hubiera sido diferente, no lo fue, no sería lo que soy.

Ciertamente no vi nacer a mis padres, pero si lo hubiera hecho les hubiera dicho al oído que nunca fue su culpa, que al final todo iba a salir bien. Y le hubiera guiñado el ojo a mi mamá mientras le decía: “el patriarcado no se va a caer, lo vamos a tirar”.

Sandra Lucario

Mexicana, 37 años. Estudié periodismo en la UNAM, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. He trabajado en Quién.com, Chilango.com, Garuyo.com, HuffPostMéxico.com. Actualmente trabajo en Univision.com y estudio una maestría de fotografía y estudios visuales.

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