Así nos reprime el patriarcado: mis orejas

mis orejas

Mi madre no quería horadar mis orejas. Permanecieron impenetrables durante algunos años. Sin embargo, un día en casa la distrajeron con algún mandado: al regresar su primogénita ya tenía lindas perforaciones en cada lóbulo. ¿Por qué nunca pensaron que quien tendría que decidir esta cuestión era yo?

Los aretes permanecieron poco tiempo en su lugar. Los accesorios se atoraban en las cobijas, me quedaba atascada y me quejaba del dolor: mamá lloraba con desesperación, ella siempre ha sido nerviosa.

Pasé mi infancia sin aretes, no me los compraron y nunca los pedí. Crecí sin la necesidad de usarlos, hasta los doce años, cuando intenté abrir el orificio yo misma. Con una casa llena de mujeres, creí que debía unirme: tomé una aguja e hice el trabajo sola. Ahí está el canal –pensé– será fácil. Y así fue.

La determinación me duró poco, seguí con mis orejas libres, sin ningún pendiente que las hiciera sentir más bellas. Me acostumbré a dejarlas a mi manera, a mi gusto. No dejaba pasar por ellas ningún artefacto.

Tal como pasó con mis orejas, ocurrió con mis oídos. Un proceso. Empecé a seleccionar las palabras que llegaban, también me pedí ignorar las ideas desagradables. Es difícil controlar todos los sonidos. El acoso callejero se coló en repetidas ocasiones. Las ofensas. Las verdades. Todo está ahí, y escuchamos.

Después cedí. Con tal de no disgustar al chico en turno, obligué a mis oídos a escuchar insultos, gritos y más. Pero una se cansa.

Si no son los accesorios, es aquello que los otros quieren que escuchemos. Por ejemplo, un “romántico” “bonita”, susurrado al oído. Frase tan simple. No se trata de ser hostil, pero mi esencia va más allá del significado de esas seis letras.

Regreso a los aretes, me empeño en ello. Durante años fingí sentir deseo de portarlos, tanto que en las vendimias, entre compañeras del trabajo, debía mentir cuando todas se mostraban entusiasmadas mirando la mercancía –¿qué hacía yo?–. También mentí cuando algún iluso novio me regaló un lindo par de pendientes –”¿acaso nunca has visto mis orejas?”, pensé–.

Cedía a los mandatos de los otros. Escuchaba las lindas frases diseñadas para las mujeres, cuando de preservar el patriarcado se trata: “Pero con aretes luces más linda”. “Sí te gustan, sólo es cuestión de agarrarles el modo”. “Trata de no perderlos”, pero si los perdía era porque no tenía interés de conservarlos, mucho menos ganas de gastar mi dinero en ellos.

No recuerdo el momento exacto en que decidí dejar de fingir, pero lo hice.

Ahora sé que la fuerza de este sistema radica en el empeño de sus integrantes por repetir los patrones.

Una finge y miente desde los aspectos más sencillos, los cotidianos. Es más fácil aceptar lo que nos han impuesto, que hacer valer nuestra voluntad sobre cada paso de nuestras vidas.

Los aretes no me hacen sentir ni más bonita, ni más mujer.

Los orificios se han cerrado y he encontrado otras formas de adornar mi cuerpo.

Por las tardes, me siento en el jardín de mi casa, entre el árbol de cerezas y el de duraznos. Escucho al viento pasar entre sus ramas. Quiero esos sonidos para llenar mis oídos. Los quiero libres. Y a mis orejas también. No les pediré más seguir lo establecido, ni lo impuesto por el orden de esta sociedad.

Martha Malagón

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